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Análisis y claves

Escuelas de Silicon Valley evitan utilizar tecnología

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Un estudiante escribe en una pizarra en la escuela Waldorf de Silicon Valley. Foto: Barbara Munker/dpa

Mountain View, California (dpa) – Niños y niñas sostienen entre sus dedos tizas de colores alrededor de una pizarra. En un lado de la estancia, sobre un escritorio de madera, hay cráneos de monos y humanos.

“Se pueden acercar a ellos y tocarlos”, anima a sus alumnos la profesora de biología Jennifer Staub.

Es una clase más de ciencias en la Escuela Waldorf, en el corazón de Silicon Valley, bastión estadounidense de las nuevas tecnologías digitales.

A menos de 20 minutos en coche se encuentran las sedes de gigantes tecnológicos como Apple, Google y Facebook. Sin embargo, esta escuela prácticamente no utiliza la tecnología en el aula. El enfoque Waldorf para la educación se centra en el desarrollo de habilidades creativas y sociales.

En el aula de Staub no hay rastro de monitores ni ordenadores. “Aquí no aprendemos solo con el intelecto sino con los sentidos, como el tacto“, explica el director de la escuela, Pierre Laurent.

“Un niño delante de la pantalla y el profesor justo detrás del niño, mirando la misma pantalla, limita la capacidad de aprendizaje y de enseñanza de ambos”, asegura.

Antes de ocupar su puesto como director administrativo en esta escuela de bajo perfil tecnológico, Pierre Laurent -informático de origen francés de 56 años- trabajó durante nueve años para Microsoft.

Es cierto que cada vez se presta más atención a los conceptos educativos que abogan por escasa o nula ayuda digital pero, ¿en el corazón de Silicon Valley?

“Por supuesto”, ríe Laurent, padre de tres hijos. “Basta con echar un vistazo a nuestra lista de espera. Hay un interés creciente“.

Cerca de allí, la escuela cristiana Canterbury, ubicada en Los Altos, tiene menos plazas disponibles que estudiantes interesados en acudir a sus aulas.

Decenas de alumnos hacen cola en el pequeño patio del colegio -las niñas con vestidos a cuadros, los niños con uniformes rojos y azules- para acudir a la oración matutina de la escuela antes de decir al unísono: “Buenos días, padre Macias”.

“La mayoría de los padres de estos niños trabajan en compañías como eBay, Facebook, Intel o HP”, explica Steven Macias, director de escuela, quien está orgulloso de las tradiciones educativas que mantiene el centro desde que fue fundado hace medio siglo: latín, aritmética y lectura.

Sin computadoras, solo disciplina y el toque humano.

A Jessica Ho, consultora financiera, le parece perfecto este enfoque para su hija de seis años, Macaria. Su marido, Michael, es ingeniero y trabaja actualmente para Google. Previamente trabajó para Apple y Amazon. Ho es crítica con la gente que dedica más tiempo a la tecnología que a las personas.

“Hay personas que salen a cenar juntas y en lugar de hablar y mirarse entre ellas se dedican a mirar sus respectivos móviles y iPads”, asegura Ho, de 35 años.

“Nosotros tomamos la decisión de no permitir a nuestros hijos utilizar esos dispositivos durante demasiado tiempo. En su lugar, fomentamos que lean libros, hablen con gente y jueguen al aire libre”.

Por su parte, la carrera profesional de Sean Chag se ha desarrollado totalmente en Silicon Valley: cursó en la Universidad de Stanford, trabajó en start-ups, obtuvo su primer trabajo en Apple y, hoy en día, a sus 34 años, es jefe de producto en Amazon.

Sin embargo, su hija de seis años, Zyana, asiste a la escuela cristiana Canterbury. Chag considera que más adelante ya tendrá tiempo para aprender a utilizar una computadora. Chang experimentó en su propia piel los riesgos implícitos del uso de tecnología, ya que en un momento de su vida fue adicto a los videojuegos.

Los dispositivos de alta tecnología son comparables a la nicotina, el alcohol o la cocaína. Es fácil hacerse adicto a ellos”, indica.

Las grandes compañías tecnológicas están centrando sus estrategias de marketing en la digitalización de las escuelas estadounidenses, animándolas a prescindir de las tradicionales pizarras en favor de aulas equipadas con alta tecnología: monitores y acceso a Internet.

Argumentan que, al conectarse a la red, los estudiantes acceden a información y recursos que ningún libro de texto puede igualar, y que aprender con computadoras y videos puede ayudar a aumentar la motivación de determinados alumnos.

El gigantesco motor de búsqueda Google se ha abierto camino en las escuelas a través de sus asequibles Chromebooks. Apple, por su parte, distribuye iPads.

No se trata solo del millonario mercado educativo. También les vale la pena empezar cuanto antes a captar la fidelidad de los que serán futuros clientes.

Algunos profesionales de la educación están tratando de frenar la tendencia a digitalizar las aulas, apoyados por psicólogos, políticos y algunos ex aficionados a la tecnología.

Tristan Harris, un ex empleado de Google, es uno de los que más alza la voz en este sentido. Las aplicaciones de los teléfonos inteligentes son adictivas y los usuarios son manipulados, dice el cofundador de la iniciativa “Time Well Spent “(Tiempo bien empleado), que aboga por un mejor uso del tiempo libre.

Incluso leyendas de la industria informática como Steve Jobs y Bill Gates se posicionaron a favor de un uso más restringido de la pantalla. Jobs declaró al New York Times en 2010 que sus hijos no usarían el recién lanzado iPad. “Limitamos la cantidad de tecnología que nuestros hijos utilizan en casa”, aseguró.

Pero evitar la tecnología en la escuela no es barato. Canterbury, en Silicon Valley, cobra por alumno unos 7.000 dólares (6.280 euros) al año y la escuela Waldorf cuesta unas cinco veces más.

Sin embargo, a juicio de Ho, el precio de este tipo de educación vale la pena. Su hija apenas se interesa por los dispositivos con pantalla. “A nuestros hijos les gusta hablar con la gente. En ocasiones mi hija se frustra con nosotros y nos pide que dejemos de enviar mensajes de texto“, asegura.

Pero subraya que su familia no está en absoluto en contra de la tecnología y puntualiza: “Es bueno utilizar y disfrutarla, pero con moderación”.

Por Barbara Munker (dpa)

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