MADRID (dpa) – Como viajero y cubano crítico con el proyecto político de su país, donde no vive desde hace 20 años, parecía cosa del destino que el escritor Ronaldo Menéndez acabara embarcándose en un viaje por los vestigios del comunismo en el mundo. El resultado de esos 13 meses de mochilero por América Latina y el sudeste asiático lo plasma en «Rojo aceituna», que estos días aterriza en las librerías.
Menéndez (La Habana, 1970) llevaba ya muchos años escribiendo crónicas de viajes, entre otros para el suplemento «El viajero» del diario «El País», pero «Rojo aceituna» (Páginas de Espuma) es su primera incursión en el género con un libro. Un género que ha sido muy maltratado, «porque han escrito mucho sobre viajes gente que no sabe escribir». Pero «para un escritor al que le gusta viajar, era una tentación prácticamente insuperable», cuenta en una entrevista con dpa en Madrid.
Así, tomando como referentes a clásicos como los viajes por África de Kapuscinski y Burton, pero también «La travesía del Pacífico» de Mark Twain o el «Viaje a Japón» de Rudyard Kipling, el autor de «Las bestias» traza un recorrido cuajado de anécdotas, a veces con mucho humor negro, que parte de Cuba para seguir por Venezuela, Bolivia, un paréntesis en Chile y una escala en Río de Janeiro antes de continuar por Vietnam, Laos y Camboya, con parada técnica en Tailandia al final.
Cuenta este hombre menudo de intensos ojos azules que desde hace tiempo quería hacer «un viaje de fondo», y la actual crisis en España, donde reside desde hace años, le dio el empujón final. Que el viaje, junto a su pareja, comenzaría por su Cuba natal, era algo casi natural. «Salir desde Cuba era para mí un regreso, un retorno temporal», explica, pero a la hora de escribir le pesan «todos los tópicos de los escritores cubanos que hacen carrera sacando partido al anticastrismo».
«Quisiera separarme de eso, no porque esté a favor o en contra, sino porque es muy fácil venderse como opositor al sistema cubano», añade.
Por eso, su objetivo es mantener un punto crítico «sin entrar en un juego de vulgarización», y lo hace narrando pequeñas anécdotas cotidianas que conforman lo que él llama «realismo mágico socialista»: el que representa una realidad que no pertenece al ámbito de lo común, sino que ofrece «perplejidad y absurdo», y tiene esa impronta heredada de las estéticas marxistas.
Los vientos de cambio en la isla, como la posibilidad del «cuentapropismo» que ha derivado en un florecimiento de pequeños negocios, los considera «esencialmente superficiales». «No se dan por una iniciativa espontánea del poder central, sino porque no queda más remedio que aflojar un poco y flexibilizar la economía», sostiene. «Pero si Cuba va hacia un cambio, que creo que sí, es un proceso mucho más lento de lo que la gente se imagina. Va a demorar todavía una generación».
Como cubano afincado en Madrid, donde además de colaborar con varios medios imparte cursos de literatura creativa, Menéndez opina que desde este lado del Atlántico «se enajena un sueño en otro lugar, pero nadie está dispuesto a aceptar los componentes de pesadilla de ese sueño», como la expropiación de periódicos o la nacionalización de la propiedad. Hay muchos a quienes «les encanta que en Venezuela, Bolivia o Cuba lo hagan contra Estados Unidos, pero ni lo hacen ellos ni se van a vivir a Cuba».
Por otro lado, también sucede lo contrario: «Hay un carácter reaccionario de rechazo de la derecha hacia todas las iniciativas que, más allá de los populismos, pueden ser provechosas hacia la sociedad», añade. Y puntualiza: «Hay proyectos de izquierdas populistas y de perpetuaciones en el poder, como Cuba o Venezuela, pero son bien distintos a las iniciativas sociales donde se asumen propuestas de izquierdas, como en Ecuador o Brasil.»
Así, a lo largo de este viaje que considera sobre todo «una exploración emocional», y no un recorrido ni un libro político, el autor de «Río Quibú» y relatos como «Covers, en soledad y compañía» cuenta que su relación con un país empieza por lo que huele. «El olor que me ofrece una ciudad es el primer contacto que activa mis sentidos», dice, y por eso busca en mercados y bares cómo vive la gente. «Yo no llegué a ningún país diciendo, ‘¿y aquí, cómo está el comunismo?’, sino que llegué preguntado ‘¿dónde se toma una cerveza?’»
A esa pregunta fundamental, a la que intentó dar respuesta a lo largo de su viaje, puede aportar ahora algunas conclusiones. «La evolución en el sudeste asiático es absolutamente eficiente, se basa en el trabajo y la plusvalía, la gente curra (trabaja) mucho y genera valores», explica. «Toda la evolución capitalista de Asia se basa en eso y en el sentido del ahorro. No son sociedades consumistas como las latinoamericanas, que son un poco más holgazanas y tienen ideales consumistas que se parecen a Estados Unidos.»
Además, pese a que la aplicación de la utopía comunista ha sido muy distinta en los lugares que ha recorrido, concluye que ésta no funciona «como modelo de administración», pero sí «como condición altruista del individuo, pues aporta una idiosincrasia de justicia social». Y concluye que lo más importante que conoció en su viaje, «en términos comunistas», fue una sola cosa: personas. Vivencias concretas de personas de carne y hueso.
Por Elena Box