Jerusalén, 7 jun (dpa) – Son las tres de la madrugada en la ciudad vieja de Jerusalén y un joven de 15 años toca un tambor con todas sus fuerzas. El sonido retumba junto al canto que entona su amigo en las calles de la ciudad. Continúan con la tradición de los «misaharati», encargados de despertar a los musulmanes durante el mes del ramadán para que recen y puedan comer antes del amanecer.
Sin embargo, los vecinos judíos lo consideran una molestia y se quejan a la Policía continuamente. En varias ocasiones han arrestado a los encargados de continuar con esta costumbre y han debido pagar multas, se quejan los palestinos que temen por el futuro de su tradición.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, reconoció en diciembre Jerusalén como la capital de Israel. Desde entonces los músicos se sienten mucho más presionados, algo que no ocurría en años anteriores.
Jerusalén es uno de los principales motivos de disputa entre israelíes y palestinos. Israel ocupó Jerusalén Oriental y por lo tanto la ciudad vieja en 1967 durante la Guerra de los Seis Días. Pero los palestinos reclaman esa parte de la ciudad como capital de un futuro Estado palestino independiente.
«La Policía me arrestó y me dijo que no debía cantar más porque molesta a los asentamientos», cuenta Mohammed Hajaj, de 26 años. El conductor de la marcha matutina se refiere así a los ciudadanos judíos del barrio musulmán de la ciudad vieja. Ya ha sido detenido cinco veces, tres de ellas tuvo que pagar una multa de casi 130 dólares (alrededor de 110 euros).
Hajaj canta desde hace tres años canciones islámicas con una voz poderosa. Lleva un tradicional chaleco bordado y rosarios en la mano izquierda mientras que convoca a las diferentes familias palestinas por su nombre en la ciudad vieja.
Los niños se asoman a la puerta de su casa mientras que los dos jóvenes pasan por la calle. Pero cuando llegan a uno de los pocos edificios judíos del barrio musulmán, guardan silencio.
La ciudad vieja de Jerusalén está dividida en cuatro barrios: el musulmán, el judío, el cristiano y el armenio. El musulmán es el más grande con entre 25.000 y más de 30.000 habitantes. Por el contrario, en el barrio judío viven apenas unos pocos miles.
El cantante y el tamborilero no se adentran en el barrio judío. Con quienes tienen problemas son con las alrededor de 85 familias judías, unas 1.000 personas, que viven en zonas muy vigiladas del barrio musulmán. Estas familias pertenecen a una corriente nacionalista religiosa de la sociedad israelí que aspira a aumentar la población judía en la ciudad vieja y en el resto de Jerusalén Oriental.
«Me molesta», dice Ruti, una profesora judía, refiriéndose a los misaharati. Ella vive desde hace un año en el barrio musulmán. La mujer de 30 años, que no quiere mencionar sus apellidos, explica que el problema es el ruido.
«Si quiero dar una fiesta pasadas las 11 de la noche, no puedo porque me arrestarían», argumenta. «Esto es lo mismo».
Algunos palestinos creen que la estricta actuación de la Policía tiene que ver con el reconocimiento de Jerusalén como capital israelí por parte de Trump. «Los israelíes tratan de hacer saber al mundo que Jerusalén es la capital de Israel», dice Nasser Kus, un activista de la ciudad. Hasta ahora ya han sido arrestados cinco misaharati durante el ramadán, según él.
La Policía por su parte señala que está decidida a actuar contra este fenómeno, pero que al mismo tiempo quiere preservar «el delicado equilibrio entre la garantía de la libertad de culto y el orden público, así como la calidad de vida de todos los ciudadanos». Los ruidos son «una de las mayores molestias que perjudican la calidad de vida de los ciudadanos».
Pese a las amenazas, Hajaj, seguirá con su labor. «Lo hemos heredado de nuestros antiguos señores», dice el joven. «Se transmite de generación en generación. Así nunca se dejará de hacer»
Por Eliyahu Kamisher (dpa)