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El arte de África Oriental: entre el auge y los desafíos políticos

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El taller de Peterson Kamwath

El taller de Peterson Kamwathi en el GoDown Arts Centre, en Nairobi. Foto: Gioia Forster/dpa

(dpa) – El museo alemán Haus der Kunst, una de las salas de exposición más importantes de la ciudad de Múnich, inauguró en septiembre la muestra «Paradise Edict» (Edicto del Paraíso), de Michael Armitage, que actualmente se ofrece en formato digital.

El artista británico-keniano se ha convertido en muy poco tiempo en uno de los pintores jóvenes contemporáneos de más interés. En la Kenia nativa de Armitage, sin embargo, el arte pasa casi inadvertido.

La sede del colectivo de artistas BrushTu se aloja en una modesta casa oculta por un alto portón en un barrio al este del centro de Nairobi.

En la fachada ni siquiera hay una placa que identifique a sus habitantes, de manera que la vivienda pasa casi desapercibida. «No queremos llamar la atención», explica el artista Emaús Kimani, de 29 años.

El arte africano contemporáneo está recibiendo en todo el mundo la atención y el reconocimiento que merece. Con sus obras multimedia de gran formato, el sudafricano William Kentridge ha sido durante mucho tiempo uno de los favoritos de la escena artística internacional.

Y recientemente llegaron a las altísimas salas del museo Haus der Kunst las gigantescas obras del ghanés El Anatsui.

Los artistas de África Oriental también están atrayendo cada vez más la atención, desde Peterson Kamwathi y Wangechi Mutu hasta Michael Armitage y Jackie Karuti, que recientemente recibió el Premio de Arte Henrike Grohs del Instituto Goethe.

El Museo Zeitz de Arte Africano Contemporáneo en Ciudad del Cabo, que abrió en 2017 y muestra la colección de Jochen Zeitz, antiguo presidente de la empresa alemana de indumentaria deportiva Puma y apasionado por África, ha impulsado este desarrollo.

Pero para la mayoría de los artistas de África Oriental, lograr este reconocimiento sigue siendo solo un sueño. En sus países de origen, muchos tienen que luchar con obstáculos casi insuperables, desde la falta de instituciones y de apoyo financiero hasta la exclusión social y la represión política.

Según Michael Armitage, el hecho de que el patrimonio cultural de su tierra natal no sea fácilmente accesible es probablemente el mayor problema: «No tenemos un espacio donde se pueda exponer la historia del arte», asevera refiriéndose a su país natal. Como aspirante a artista, «no puedes aprender y entender los pasos que estás siguiendo».

En Nairobi, además de la anticuada Galería de Nairobi, con artefactos cubiertos de polvo y carteles amarillentos, la única institución gubernamental es el Museo Nacional, que de vez en cuando muestra alguna exposición de arte.

«No reconocer que existe una historia del arte en la región, en Kenia y fuera de ella, no beneficia a nadie y no hace honor a la verdad», sostiene Armitage.

Armitage y el museo muniqués Haus der Kunst han decidido predicar con el ejemplo. Junto a las pinturas del joven keniano se exponen obras de artistas de África Oriental de edad más avanzada que influyeron en Armitage, algo que rara vez se ve en las exposiciones individuales.

«No queremos representar toda una historia», señala el director artístico del museo, Andrea Lissoni. «Pero la historia es fuerte, y lo menos que podemos hacer es ofrecer a los artistas ese espacio».

Para Armitage, era importante mostrar quién había influido en su arte. «No sería un pintor o un artista sin todos ellos. Son los cimientos sobre los que construí mi forma de pensar», enfatiza.

Pero el problema de los artistas emergentes en Kenia tiene raíces aún más profundas. «La cultura y el arte existen en la periferia» de la sociedad, explica Peterson Kamwathi. Este keniano es un artista desde hace casi dos décadas y se ha ganado una reputación internacional, especialmente por sus obras políticas.

Kimani, que pertenece a una generación más joven, también lucha con la falta de reconocimiento en la sociedad. «La gente no cree que el arte pueda ser una carrera o una forma de vida», explica, y añade que, durante mucho tiempo, fue incapaz de decirle a sus padres que quería dedicarse al arte.

Como en Kenia apenas hay apoyo gubernamental, este debe venir desde abajo, por ejemplo, de colectivos de artistas como BrushTu. El colectivo está formado por doce artistas que trabajan y exponen en el estudio.

«Juntos somos más fuertes», explica Kimani. El colectivo ofrece exposiciones y posibilidades de formación. Y BrushTu es una fuerza impulsora en la lucha por hacer que el arte contemporáneo sea más tenido en cuenta.

«Esto es lo más importante y eficaz que ofrece la escena artística de Nairobi», destaca Kimani: «Sería muy difícil sobrevivir sin esta perspectiva».

Armitage también quiere apoyar este cambio con su propio instituto. El Instituto de Arte Contemporáneo de Nairobi (NCAI), sin fines de lucro, tiene como objetivo promover el arte y preservar y hacer accesible la historia del arte de África Oriental a través de un espacio de exposición, una biblioteca, un archivo y diferentes programas.

Además, los artistas kenianos cuentan con el apoyo de instituciones extranjeras como el Instituto Goethe y la Alianza Francesa. Y galerías como la Circle Art Gallery, en Nairobi, que ahora están representadas en muchas de las ferias de arte más grandes del mundo, alimentan el éxito y el interés por el arte de África Oriental con sus exposiciones y subastas de arte.

Pero eso solo no es suficiente para transformar la escena artística en África Oriental. Las galerías y los coleccionistas son «importantes y transformadores», admite Kamwathi. «Pero no podemos seguir recurriendo a Occidente para crear infraestructura».

El artista acota que el alcance de las instituciones privadas es limitado, y opina que el cambio debe tener lugar en la esfera pública, empezando por la educación.

Además, a pesar del creciente interés, queda mucho por hacer a nivel internacional. «Aun no hay suficiente conocimiento compartido sobre África Oriental», señala Lissoni, del museo Haus der Kunst de Múnich. «Allí hay todo un mundo que necesita ser reconocido, no ‘descubierto'».

Por Gioia Forster (dpa)

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