Johannesburgo, 2 abr (dpa) – Durante más de cuatro décadas de actividad política, Winnie Mandela se convirtió en un símbolo de la lucha contra el apartheid, el régimen de segregación racial que regía en Sudáfrica, pero con su turbulenta vida polarizó también el país como pocos.
Celebrada por sus admiradores como «uMama Wethu», «madre de la nación», sus críticos prefirieron apodarla como «la mamba negra», en referencia al nombre de una peligrosa serpiente. Pese a ello, la ex mujer del primer presidente negro de Sudáfrica, Nelson Mandela -que gobernó entre 1994 y 1999-, mantuvo su popularidad hasta avanzada edad. Murió hoy a los 81 años, según informó su familia en un comunicado.
En una lista de los cien principales africanos de todos los tiempos, los lectores de la revista «New African» la votaron como la mujer más popular del continente. Pero su imagen no está exenta de sombras: escándalos y deudas marcaron su vida tras el giro democrático de la nación.
Nacida en la pobre provincia de Transkei, hija de un profesor, Winnie Nomzamo («la aplicada») Mandela fue la primera sudafricana negra que se formó como trabajadora social, antes casarse en 1958 con el abogado Nelson Mandela tras mudarse a Soweto.
En su autobiografía «Long Walk to Freedom», el activista describe los primeros años de su matrimonio como una época plagada de redadas del a policía y arrestos. Pero fue con la detención del entonces líder del Congreso Nacional Africano (CNA) en 1962 y su posterior condena, cuando comenzó el periodo más difícil de la vida de Winnie.
Durante los 27 años que Mandela estuvo en prisión, ella estuvo sola al cargo de sus hijas Zenani y Zinzi, soportando las vejaciones a las que la sometía el régimen. Ella misma estuvo arrestada y aislada en prisión durante 17 meses por sus actividades contra el régimen, una época que describió en sus memorias «491 days».
Entonces se ganó el respecto internacional por su compromiso social y su valentía.
Las cosas cambiaron cuando se rodeó después en Soweto de un temido cuerpo de guardaespaldas. Entonces se la vinculó con secuestros, torturas e incluso asesinatos de los considerados traidores o espías. Especialmente controvertido fue un discurso que dio en 1986 en el que apoyaba un duro castigo para los traidores de la causa del CNA: colocarles un neumático alrededor del cuello, rociarlos con gasolina y quemarlos vivos.
En 1991 fue condenada a seis años de cárcel por secuestro y complicidad de agresión a cuatro jóvenes negro, pero logró reducir la condena al pago de una multa durante el proceso de apelación.
Cuando acompañó a su marido en el momento de su liberación el 11 de febrero de 1990, muchos vieron en ella a la primera primera dama negra de Sudáfrica. Pero sus escándalos y arrogancia destruyeron su matrimonio y también lastraron su imagen internacional.
Uno año antes de ser elegido presidente en 1993, Nelson Mandela y Winnie se separaron. El divorcio de la pareja se hizo efectivo en 1996. Nelson Mandela alegó entonces infidelidades mientras él estuvo en prisión y aseguró que Winnie lo había convertido en el «hombre más solo del mundo» desde que había vuelto a casa.
La considerada populista se hizo a un lado aunque seguía gozando de una gran popularidad entre los más pobres, que continuaban viéndola como encarnación de sufrimiento, dolor y conciencia negra.
Una y otra vez, Winnie Madikizela-Mandela, como se hizo llamar desde su divorcio, logró eludir penas de prisión y reforzó su imagen como toda una artista de la supervivencia.
Tras las primeras elecciones democráticas del país, en las que ganó Mandela, se creó la Comisión de la Verdad y Reconciliación creada para esclarecer abusos y crímenes durante el apartheid. Los testimonios escuchados vinculaban a Winnie con el asesinato de un joven de 14 años llamado Stompie Seipei, acusado de ser un informante de la policía.
Ella negó las acusaciones pero su imagen quedó dañada tanto dentro como fuera del país. También fue acusada de ordenar el asesinato del médico que examinó al joven. Pero la comisión no era un tribunal y no tenía capacidad de juzgar y condenar a nadie.
También sus gestiones financieras provocaron indignación y ocuparon a legiones de abogados. Consiguió que se suspendiera una sentencia por la que había sido considerada culpable de fraude y tuvo que volver a los tribunales este año en una batalla contra otros miembros del clan Mandela por cuestiones de propiedad.
Su modo de vida también fue cuestionado. Tras años de privaciones, pasó a negarse ningún lujo: automóviles, mansiones, vestidos de diseño y guardaespaldas. Era conocida por su gusto por las gafas (lentes) llamativas gafas y sus estrafalarios sombreros.
Ello le valió muchas críticas, en vista de la extendida pobreza del país. También fue objeto de burla cuanto tuvo que explicar a un juez de dónde obtenía el dinero para cubrir sus gastos mensuales de unos 72.000 rand (unos 5.000 euros o 6.000 dólares al cambio actual). Entonces respondió que tenía mecenas que le pagaban mensualmente 55.000 rand.
Cuando abandonó todos los cargos políticos no sólo hubo lágrimas para despedirla: en su «patria política», el CNA, era considerada ya un fósil de una época pasada. También ella criticó la situación de un partido por el que su ex marido y ella habían sacrificado su juventud y su familia.
En 2013, Winnie apareció en público tras la muerte de su ex marido: se la vio abrazada a la entonces mujer de Mandela, Graca Machel, llorando juntas la desaparición del primer presidente negro de Sudáfrica.
Otro icono del apartheid, Desmond Tutu, dijo una vez sobre ella: «Nunca olvidaremos su contribución (…) y su espíritu indomable. Y aún así uno debe decir que algo fue muy mal».
Por Ralf E. Krüger y Kate Bartlett (dpa)