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Turismo

Vivir la naturaleza en la costa atlántica uruguaya

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La Laguna de Rocha es un paraíso para las aves. Foto: Ute Müller/dpa

(dpa) – María Dolores Ubal sale al porche de su finca y recorre con la vista las amplias tierras de su familia. Se ve verde en todos sus matices hasta donde alcanza la vista. Hay vacas pastando tranquilamente. “El silencio aquí es mágico. No podría vivir en ningún otro lugar del mundo”, comenta esta mujer con sombrero de vaquero a la que pertenece la propiedad llamada Barra Grande.

La finca de 580 hectáreas es famosa en Uruguay porque allí crece un bosque único en su tipo, cuyos ejemplares tienen 700 años y en parte incluso más. Se trata de ombúes, unos gigantes de hasta 25 metros de altura, que son habituales en el este del país, en la región de Rocha.

“Ese nombre se lo pusieron los guaraníes, uno de los pueblos originarios de aquí, y significa bella sombra”, explica María Dolores, que está orgullosa de ser la propietaria de todo un bosque. “Los niños que vienen creen que los árboles están encantados y sirven de refugio a brujas o monstruos”, dice sonriendo. “Para mí son esculturas vivas”.

En realidad, el ombú, un árbol no muy común que consiste en un 90 por ciento de agua, no entra del todo en la categoría de árbol, porque no ofrece leña y su tronco es tan blando que uno lo puede cortar entero con un cuchillo. “Estas plantas son actores que parecen árboles pero no lo son”, explica María Dolores. Como los ombúes se ven como plantas primitivas, el bosque ya ha servido en varias ocasiones de decorado para filmaciones.

Con un tractor y un remolque hecho por él mismo, el marido de María Dolores, Mario, lleva a los visitantes hasta el bosque de ombúes. Hace algunos años, construyó un puente colgante sobre el río que pasa por el terreno de la pareja y un mirador de doce metros de altura que sirve para observar pájaros.

“Este lugar tiene una energía especial”, apunta María Dolores, que decoró su finca al estilo gauchesco. Una enorme galería con mecedoras rodea la casa señorial. Justo al lado hay una pulpería, como se conoce a los lugares donde los gauchos tomaban bebidas alcohólicas y comían.

“Los gauchos de antes eran hombres salvajes, indomables, que rápidamente se ponían furiosos y a los que les gustaba resolver las diferencias de opinión con los puños”, explica la dueña de casa. “Por eso, el cocinero de las pulperías antes atendía a los clientes a través de una reja, para poder seguir asando su carne a pesar de las peleas”.

Hoy en día las cosas se manejan de forma más pacífica. Los hombres irritables de antes prefieren tomar mate y llevan todo el día consigo el termo bajo el brazo. También a María Dolores le gusta tomar mate en un cuerno de vaca ahuecado. Después de todo, ella y su esposo son sobre todo criadores de vacas y ovejas.

Como casi todos los uruguayos, María Dolores tiene raíces europeas. Sus antepasados por el lado paterno, por ejemplo, provienen de Portugal, más concretamente de Las Azores. Su barco zozobró cerca de la costa este de Uruguay y los náufragos solo pudieron salvar su vida.

El drama de los barcos naufragados es una historia omnipresente en Uruguay, sobre todo en el cercano Cabo Polonio. Delante del lugar tristemente célebre por sus acantilados aún hay decenas de embarcaciones hundidos en el fondo del mar. Incluso el cabo mismo toma su nombre de una galera española que se hundió en esta costa en 1735. La navegación se volvió segura cuando a fines del siglo XIX se levantó un faro.

Hoy solo quedan varados miles de leones marinos y lobos marinos en los islotes rocosos ubicados delante del cabo. Ahora ya están seguros, pero hasta 1991 eran cazados y su piel y su grasa eran exportados. Como los animales ya no pueden ser sacrificados, delante de Cabo Polonio surgió la segunda colonia más grande de mamíferos marinos de toda Sudamérica.

Los dos guardianes del faro, Sergio y Gonzalo, tienen tiempo suficiente para observar a los animales y se volvieron casi sin querer investigadores de su comportamiento. En el grupo de rocas ubicado justo debajo del faro encontraron refugio los machos que fueron excluidos de la comunidad. Las hembras retozan en tres islotes rocosos más adentro en el océano.

“El intento de traer crías y, así a las hembras para hacer felices a los machos solitarios fracasó”, relata Sergio, que desde el faro observa la vida de estos peculiares mamíferos desde hace 16 años.

Por tierra, el Cabo Polonio, uno de los 14 parques naturales de Uruguay, sólo es accesible para los visitantes con los vehículos todoterreno especiales oficiales de los guardabosques. Los coches privados deben quedar delante la entrada al parque.

Los camiones especiales tienen dos pisos y transportan en 20 minutos a hasta 40 pasajeros hasta el cabo. Los ocho asientos de la parte superior son especialmente codiciados, ya que ofrecen una vista especialmente buena del paisaje de dunas y el mar.

En Cabo Polonio no hay ni luz ni agua, solo el faro está conectado a la red nacional de electricidad. Cabañas de madera hechas de todos los materiales posibles se ven distribuidas por las dunas. Tienen tanque de agua propio sobre el techo. Hippies de todo el mundo se mudaron a esta zona desde los años 60.

En este idilio no se precibe nada de la movida historia que tiene el cabo. Aquí, en el Cerro de la Buena Vista, el punto más elevado del paisaje, transcurría la primera frontera entre las colonias de España y Portugal en Sudamérica.

La frontera fue modificada varias veces. Dos imponentes fortalezas ya casi en el límite con Brasil son testimonio de sangrientos combates. “Por un pelo, no hablamos portugués”, comenta Sergio Olalde, que trabaja aquí de guarda en el parque. Le preocupa que la cifra de visitantes en el cabo crezca de año a año. “En el verano, aquí algunos días tenemos hasta 2.000 personas”. Eso modificó el ritmo de vida y desplazó a los pescadores.

Pepe Lobato, de 67 años, no tiene ese problema. Es uno de los 16 pescadores de la Laguna de Rocha, ubicada a unos 80 kilómetros de Cabo Polonio. Su modesta casilla, que tampoco tiene electricidad, está justo en la orilla de la laguna, que se extiende sobre 72 kilómetros cuadrados. Dos veces por día, Pepe sale con su pequeña embarcación. Tres de sus seis hijos también son pescadores.

“Uno de mis hijos se fue hace algunos años a Montevideo y trabajaba como verdulero, pero extrañaba la libertad de aquí y regresó”, relata Pepe.

En la lejanía, los flamencos se pasean por el agua salada, garzas blancas sobrevuelan el bote y se reflejan en la superficie. La laguna es un paraíso para las aves. Aproximadamente la mitad de las 480 especies de aves que hay en Uruguay habita en esta región.

“Ya de niño caminaba por estas dunas y encontraba nidos con huevos por todos lados. Con los años se volvieron menos a causa de los pesticidas de la agricultura”, relata Pepe a los visitantes. De todas maneras, la laguna sigue siendo única en su tipo: solo una estrecha franja de arena la separa del Océano Atlántico, cuyas olas en caso de tormenta rompen directamente en la laguna.

Más hacia el interior está la Laguna Negra, que toma su nombre de las partículas de turba que tiñen el agua de un color oscuro y amarronado. La laguna de agua dulce es la más misteriosa e inaccesible de las cinco lagunas de Rocha. Antes también se la llamaba la Laguna de los Difuntos, porque los charrúas, uno de los pueblos originarios de Uruguay, enterraban aquí a sus muertos.

La Laguna Negra es el mayor humedal del país y es un refugio para especies animales amenazadas. Mariana Rovira, de 50 años, recorre desde hace nueve años el parque natural con visitantes en su vehículo todoterreno. Tiene un permiso especial y es la única que ofrece este servicio.

A orillas de la laguna pastan los carpinchos. Son los roedores más grandes del mundo. Miden hasta 1,30 metros y pueden pesar hasta 75 kilos. Se ven totalmente relajados, aquí en el parque están a salvo de los cazadores. También mulitas y ñandúes han encontrado un refugio entre los pastizales.

En las zonas más elevadas, crecen palmeras autóctonas. “Se presume que las palmeras son un vestigio de tiempos primitivos, cuando Sudamérica y África aún formaban un continente”, dice Mariana. Lo llamativo es que las palmeras en general están en fila, lo que no habla muy a favor de un crecimiento natural.

Pero para eso los uruguayos tienen una explicación peculiar. Los misioneros españoles, supuestamente, se mantuvieron con fuerzas en sus largos y agotadores viajes alimentándose con los frutos de las palmeras, y de las semillas que arrojaron en el lugar crecieron después los árboles.

La reserva natural Laguna Negra se llama oficialmente Potrerillo de Santa Teresa. Sólo es posible visitarla con toures guiados a través de la web www.probides.org.uy o escribiendo a Marianna Aventuras a puntarubiatrips@gmail.com. La mejor época para ir a Uruguay es entre noviembre y marzo.

Por Ute Müller (dpa)

 

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