Rembrandt, el genial maestro que interpela celebrando la vejez

Un visitante de la exposición observa un autorretrato de Rembrandt. Foto: Oliver Berg/dpa

Colonia (dpa) – Ambos eran muy jóvenes, llevaban largas melenas, anillo de oro y bozo, y sin embargo ya eran considerados futuras estrellas de la escena artística hacia 1630: Rembrandt Harmenszoon van Rijn y Jan Lievens.

¿Pero qué pintaban estos dos amigos, que al mismo tiempo eran rivales que competían entre sí? ¡Ancianos! Hombres y mujeres con pieles arrugadas y translúcidas, párpados que cuelgan, comisuras labiales hundidas y miradas apagadas.

Al recorrer la muestra “Inside Rembrandt”, con motivo del 350 aniversario de su muerte en el Museo Wallraf-Richartz en Colonia, saltan a la vista sobre todo personas muy viejas.

Se trata justamente de una muestra que parece oponerse a la locura por la juventud. “A Rembrandt le fascinaba sobre todo el modelo de estudioso sabio”, explica la curadora Anja Sevcik.

Uno de los puntos culminantes es el cuadro de gran formato “Erudito en su estudio”, una obra maestra poco conocida, porque permaneció ininterrumpidamente durante 70 años colgada en la Galería Nacional de Praga y fue prestada ahora por primera vez.

Rembrandt (1606-1669) viste aquí al intelectual de pelo blanco con un “fancy dress”, un atuendo exótico de Oriente. “Eso por entonces era doblemente hip”, indica Sevcik. “De esta manera no presenta al erudito dando cátedra, sino sumergido en sus pensamientos. Todavía está buscando respuestas”.

Pero en la exposición también pueden encontrarse algunos polos opuestos juveniles, incluyendo ninfas, ciudadanas ricas y el gran amor de Rembrandt, Saskia van Uylenburgh. Y, muy pequeño en la esquina inferior derecha de la pintura “Baño de Diana” del castillo de Anholt, aparece un sapo que bien podría ser un joven príncipe.

Actualmente resulta un dato poco conocido que Alemania posee más pinturas de Rembrandt que Holanda. Pero Colonia no tiene una vinculación precisamente estrecha con el artista holandés, lo que se explica porque la ciudad antiguamente era muy católica y Rembrandt era considerado un pintor protestante.

Los principales museos sobre Rembrandt son galerías en Berlín, Dresde y Kassel. Sin embargo es el museo de Colonia el que organiza desde el 1 de noviembre y hasta el 1 de marzo de 2020 esta exposición especial germana con motivo de los 350 años de la muerte de Rembrandt.

Igualmente, no hay que alimentar expectativas de ingresar a la exhibición y que a la vuelta de una esquina aparezcan ante el espectador obras maestras como “La ronda nocturna”, “La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp” o “La novia judía”.

Pero, de todas maneras, la muestra ofrece un extraordinario panorama sobre el universo de Rembrandt, al reunir 13 de sus pinturas, cinco dibujos y 41 grabados, acompañados por 50 obras de arte de sus contemporáneos, sobre todo alumnos.

Como Rembrandt ya poseía gran fama en su juventud, muchos artistas noveles querían pintar como él y pagaban mucho dinero para que los formara.

Posteriormente algunos incluso llegaban a imitarlo tan bien que sus mejores trabajos ya no podían ser diferenciados del modelo.

El más famoso “Rembrandt” alemán fue durante largo tiempo “El hombre del yelmo de oro” en Berlín. Actualmente se sabe que la obra fue realizada por un discípulo de Rembrandt. Definitivamente, no es oro todo lo que brilla.

¿Pero cuáles son las particularidades de Rembrandt? En esta muestra, gracias al cruce con sus contemporáneos, esto queda claro de inmediato: se trataba de un artista increíblemente talentoso. Y, en la mayoría de sus obras, resulta difícil de creer que realmente hayan sido pintadas hace más de 350 años.

El “San Bartolomé” del Museo Getty de Los Angeles, por ejemplo, con sus anchos trazos de pincel a manera de esbozo, sería fácilmente atribuible a 1900. Algo absolutamente atípico para la pintura del barroco.

Pero lo decisivo sin duda es que Rembrandt continúa interpelando de manera muy directa al espectador de hoy en día. Por ejemplo, el “Autorretrato como Zeuxis”. Nuevamente un anciano, pero ahora es el propio artista envejecido. Con rápidos trazos de pincel, en parte se trata de una pintura abstracta y sus colores se limitan a algunos tonos de marrón y de dorado.

Al mismo tiempo, el rostro adopta una presencia verdaderamente mágica. Cuando uno se para delante del lienzo, las dudas se disipan: ¡Se ríe de mí! Entonces se establece una relación con Rembrandt que atraviesa los siglos. Un efecto semejante no lo logra un catálogo ni tampoco una película. Para sentirlo es necesario ir a un museo.

Por Christoph Driessen (dpa)