Mente prodigiosa: Laurent, ingeniero electrónico a los nueve años

Laurent y su profesor Peter Baltus en la universidad de Eindhoven, Países Bajos. Foto: Annette Birschel/dpa

Eindhoven (Países Bajos) (dpa) – Apenas se detiene el ascensor, no hay quien pare a Laurent. El niño de pelo oscuro ligeramente ondulado corre por el pasillo, se detiene frente a una puerta de cristal, observa a través de ella brevemente la sala y entra. “¡Hola, ya estoy aquí!”, exclama. El profesor Peter Baltus no acostumbra a ser saludado con tanto entusiasmo. Pero Laurent no es un estudiante cualquiera. El muchacho, que creció en Bélgica y Países Bajos, tiene apenas nueve años y se graduará en breve como ingeniero electrónico en Eindhoven.

Laurent estudia ingeniería electrónica en la renombrada universidad del sureste holandés desde hace un año y medio. Y no hay duda: allí se encuentra en su elemento. Los demás estudiantes se han acostumbrado a que de vez en cuando haya un niño blandiendo un soldador junto a ellos en el laboratorio.

Laurent tiene un coeficiente intelectual de 145. Acabó sus estudios de primaria y secundaria en Bélgica a una velocidad récord. En el verano boreal de 2018 terminó el bachillerato y poco después comenzó sus estudios en Eindhoven.

Le llaman genio, superdotado o niño prodigio. Los medios ya le comparan con el astrofísico Stephen Hawking y con el Premio Nobel Albert Einstein. “No tiene importancia”, dice el muchacho encogiéndose de hombros. “Pero te gusta cuando tus amigos dicen que eres súper listo”, observa su madre, Lydia Simons. “Te hace sentir orgulloso”. Su hijo sonríe de oreja a oreja.

Laurent tiene sed de conocimiento. Especialmente de tecnología y ciencias. Admite que no todo le gusta por igual. Por ejemplo, las clases de idiomas no le apasionan: “Leer libros y novelas no me divierte tanto”, reconoce.

El extraordinario niño ha puesto la vida de la familia patas arriba. “Ahora conducimos un coche eléctrico, nada de diésel”, explica su padre, Alexander Simons. ¿El motivo? La protección del medio ambiente. Y añade con cierta melancolía que ya no vuelan tan a menudo a España, donde tienen una casa vacacional.

Laurent se alegra de ello y asevera que en algún momento se encontrará una solución tecnológica al cambio climático, de eso está seguro. “Hay que invertir más en investigación y tecnología”, subraya. Laurent elige sus palabras con cuidado. No quiere parecer pedante. Y no lo es. Tan sólo algo impaciente.

El chico aprende a una velocidad vertiginosa. Resuelve en apenas siete días las tareas que a otros estudiantes les llevan ocho semanas. En la universidad recibe clases individuales. Se lleva el material a casa y estudia por su cuenta. Los exámenes tienen lugar los viernes.

“Es una aventura”, comenta su profesor, “Y es muy divertido”. Si bien está acostumbrado a tener alumnos sobresalientes, “Laurent es como mínimo tres veces más inteligente”, asegura. A veces Baltus olvida que su súper estudiante es tan solo un niño. Recuerda una vez que en la que el muchacho no podía desenredar un cable en el laboratorio: “No tenía la fuerza física suficiente”.

Para su proyecto de final de grado, Laurent está desarrollando un microchip para medir la reacción de las neuronas. Le gustaría continuar su investigación en ese campo. “Quiero inventar algo que alargue la vida”, revela, y menciona como ejemplo los “órganos artificiales”.

“Ojalá tenga algo que ver con mi asignatura”, dice su profesor, “así permanecería algo más de tiempo aquí”. Sin embargo, es más que probable que Laurent también estudie en Alemania o en Estados Unidos. Actualmente se está adaptando un programa de doctorado especialmente para él.

De momento sus padres han renunciado a su trabajo como dentistas. Viajan con él en coche desde Ámsterdam hasta Eindhoven tres veces por semana, trayecto que dura unas dos horas. Quieren asegurarse de que aprenda sin distracciones y al mismo tiempo de que el estudio no le absorba por completo. “Ya llegará ese momento y no se hará esperar”, dice Alexander Simons.

Por lo demás, Laurent es como cualquier otro niño de nueve años. Le gusta jugar con sus perros, Sammy y Joe, y ver películas en Netflix. “Y quejarse de la comida”, riñe suavemente su madre Lydia. “No es así”, contesta Laurent con una traviesa sonrisa, “me como todo lo que cocina la abuela”.

Por Annette Birschel (dpa)