Mariachis en aprietos dan serenatas virtuales por el coronavirus

(dpa) – En la Plaza Garibaldi de Ciudad de México se acabó la fiesta. Las persianas de los bares están bajas y los músicos de mariachi luchan por sobrevivir.

Un grupo de mariachis cruza la Avenida Lázaro Cárdenas después de un nuevo día sin clientes. Foto: Jair Cabrera Torres

Con sus vistosos trajes de charro decorados con botones, agitan el brazo para llamar la atención cuando pasa un auto por la avenida Lázaro Cárdenas, junto a la plaza. Pero no tienen suerte: nadie quiere contratarlos en tiempos de coronavirus.

Cae la tarde y los semblantes están serios. Un mariachi afina su guitarrón, un bajo acústico parecido a una guitarra grande y abultada. Otros caminan lentamente por la plaza, silenciosos, con tapabocas y sombrero.

Garibaldi empezó a ser la meca de los mariachis hace casi un siglo. Antes del coronavirus la gente llegaba a la bulliciosa plaza a escuchar música de mariachis en los bares y al aire libre o a contratarlos para fiestas, serenatas e incluso funerales.

“Nunca en mi vida había atravesado una situación más difícil”, dice a la agencia dpa Jaime Navarro, un músico de 54 años que desde hace 36 trabaja en Garibaldi. Ahora se queda la mayor parte del tiempo en casa para cuidar su salud.

La música de mariachi, con sus violines, vihuelas, guitarrones, trompetas y guitarras, fue declarada en 2011 Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. Se estima que hay unos 30.000 mariachis en México y otros más repartidos por el mundo.

La falta de ingresos fijos y de prestaciones sociales hacía precaria su situación desde antes, pero la suspensión de actividades, ordenada a finales de marzo por el gobierno por la pandemia, agravó las cosas. En México la cifra de muertes por el nuevo coronavirus superó las 8.000 a finales de mayo.

“No hay trabajo, la gente no sale, no nos contratan”, dice Catalina Sánchez, de 52 años, que canta en una agrupación de siete mariachis. Algunos colegas suyos murieron o están en el hospital con Covid-19. Las perspectivas tampoco son buenas para el futuro por la crisis económica que se avecina.

Desesperados por la falta de ingresos, un grupo de mariachis decidió buscar ayuda. Sabían que un hijo de Navarro -alguna vez mariachi él mismo- cooperaba en una organización de proyectos comunitarios. Así surgió la iniciativa Salvemos al Mariachi para apoyar a unos 400 músicos.

“Abrimos una campaña en Donadora, una plataforma de crowdfunding (fondeo colectivo), para intercambiar canciones por donaciones”, explica Andrés Navarro, de 27 años, en cuya familia hay tres generaciones de mariachis.

Los músicos ofrecen, como forma de agradecimiento, canciones virtuales pregrabadas con una dedicatoria personal que envían por WhatsApp y cupones para música en vivo para una vez que termine la pandemia.

La campaña empezó a principios de mayo y durará dos meses, mientras tratan de gestionar también apoyos gubernamentales.

“Es muy paradójico que el mariachi sea una de las principales herramientas de la diplomacia cultural de México, pero a su vez el Estado no les esté retribuyendo lo que ellos aportan”, dice Aurélien Guilabert, un francés afincado en México, que es otro de los impulsores del proyecto.

La música de mariachi, de raíz indígena y campesina y gran arraigo en el oeste del país, fue evolucionando hasta convertirse en un símbolo nacional a partir de 1930, con su inclusión en los discos, la radio y el cine, con figuras como Jorge Negrete y Pedro Infante.

“Hay ahora mariachis en todas partes del mundo: en Japón, en Estados Unidos, en Europa, en Sudamérica”, señala Pável Granados, director de la Fonoteca Nacional de México y especialista en música popular mexicana.

“Al mismo tiempo, desde hace algunos años la industria musical no ha apoyado mucho al mariachi. No hay respaldo comercial ni sucesores para las grandes figuras del ‘charro cantor'”, agrega.

Sánchez, la mujer mariachi, dejó de ir a Garibaldi hace dos semanas porque sólo le daba gastos: tenía que rentar un cuarto cerca de la plaza para vestirse y dormir, además de comprar comida y pagar transporte para volver a casa, en las afueras de la ciudad.

“Gracias a Dios llegaron estos chicos con la propuesta para ayudarnos con las donaciones y para conseguir despensas (cajas de alimentos)”, dice con respecto a la iniciativa solidaria, en la que participan tres organizaciones.

Sánchez está pensando en buscar otro trabajo para sobrevivir, pero ama su profesión. La música corre por sus venas. “Mi papá era mariachi y mi abuelo era músico”, explica. “Yo creo que de ahí me viene el gusto”.

Por Andrea Sosa Cabrios (dpa)