Los árboles del incienso, víctimas de la sobreexplotación

Un árbol del género Boswellia en Somalilandia
Foto: Anjanette DeCarlo/Forschungszentrum für aromatische Pflanzen/dpa

(dpa) – Cuando nació Jesús, los Reyes Magos de Oriente viajaron a Belén, donde presentaron al recién nacido tres preciosos regalos: oro, incienso y mirra. En países cristianos, no hay niño que no conozca esta historia.

Hoy en día, el incienso no solo impregna los servicios religiosos con su característico aroma, sino que, destilado, es también un aceite muy utilizado en la aromaterapia.

Este nuevo uso hace que el incienso experimente actualmente un auge sin precedentes en todo el mundo. En países como Somalia, uno de los mayores productores de esta resina aromática, este apogeo no es del todo positivo.

Los científicos advierten que este precioso bien, arraigado en nuestras sociedades durante siglos y utilizado en las prácticas médicas desde el Antiguo Egipto hasta la actualidad, podría desaparecer en solo unas pocas décadas.

El incienso se obtiene de los árboles del género “Boswellia“, cuyas diversas especies se distribuyen, además de Somalia, por Etiopía, Sudán, Omán, Yemen y la India.

“Para extraer la savia, hay que hacer cortes en el tronco del árbol con un hacha y luego esperar un tiempo hasta que aparece ‘beeyo'”, explica Ardo Mire usando el término local para el incienso.

La familia de esta somalí de 55 años lleva más de 100 años cosechando la resina que se utiliza para hacer incienso. Ardo no sabe cuánto tiempo podrá continuar la tradición familiar: “‘Beeyo’ es cada vez más escaso, porque los árboles se están muriendo y la demanda es demasiado alta”.

El incienso ha experimentado un renacimiento en los últimos años, especialmente en Estados Unidos y Europa. Es popular, no solo para su quema, sino también para la producción de jabones y aceites esenciales.

“Hay una enorme e insaciable demanda”, asevera Frans Bongers, científico de la Universidad de Wageningen, Países Bajos, que se dedica a la investigación de los árboles de donde se extrae el incienso.

Este hecho afecta cada vez más a Somalia en particular, y sobre todo a la región semiautónoma de Somalilandia.

La ecóloga Anjanette DeCarlo, directora de un proyecto llamado Save Frankincese, que tiene como objetivo proteger los árboles de incienso, explica que la especie “Boswellia sacra”, también llamada “Boswellia carterii”, que crece en esta región, es actualmente un “producto muy demandado” en el mercado.

El aumento de la demanda es todo menos una bendición. DeCarlo indica que los antiguos pueblos nómadas que extraían la resina de los árboles han comenzado a asentarse y que, junto con el crecimiento de la población, aumenta también la explotación de los árboles, incluso en zonas cada vez más remotas.

“Estamos viendo cada vez más lugareños haciendo incisiones en los árboles. Esto se debe a que el precio (del incienso) ha subido”. Los gobiernos de Somalilandia, por otro lado, tampoco controlan la explotación.

La excesiva cosecha de incienso es devastadora para los árboles. Para extraer la resina de caucho, se hacen incisiones en la corteza. El árbol rezuma savia como un cuerpo que sangra de una herida; esta savia es recogida, y una vez solidificada forma resina de incienso.

DeCarlo explica que, para que este método sea sostenible y los árboles se mantengan sanos, estos no deben cortarse más de nueve a doce veces al año, durante unos pocos meses y solo dos años seguidos.

Luego deben recuperarse durante aproximadamente un año. La experta ha llegado a ver árboles con más de 100 incisiones sin que se les hubiera dado el descanso necesario para recuperarse.

DeCarlo enfatiza que esta presión sobre los árboles, junto con los efectos del cambio climático, es una “tormenta perfecta que lleva a la disminución de un recurso”.

En 1998, la Unión Mundial para la Conservación de la Naturaleza (UICN) clasificó la población de “Boswellia sacra” como ligeramente amenazada, sin que desde entonces se realizara ninguna evaluación.

Los árboles también están amenazados en otros países, pero allí por otros motivos.

Según Bongers, en Etiopía, que también es uno de los mayores productores de incienso del mundo, la especie “Boswellia papyrifera” se ve afectada por la agricultura y la ganadería, así como por el conflicto que se desarrolla actualmente en la región de Tigray, en el norte de Etiopía.

El año pasado, Bongers escribió en un estudio que algunas poblaciones de árboles no han podido regenerarse en absoluto: “En 20 años, la producción de incienso se verá reducida previsiblemente a la mitad”.

El auge del incienso apenas contribuye a que la gente que la cosecha salga de la pobreza. Los árboles suelen estar situados en regiones de difícil acceso y en zonas afectadas por conflictos. Además, el trabajo es duro.

Los recolectores son los que menos ganan en toda la cadena de suministro.

Stephen Johnson, investigador que aboga por cadenas de suministro sostenibles, señala que un aldeano que trata de ganarse la vida con el incienso puede vender, según el año y el lugar, un kilogramo de resina por unos tres a seis dólares estadounidenses, mientras que los intermediarios ganan el doble.

Destilado como aceite esencial, un kilogramo de incienso cuesta alrededor de 14 a 22 dólares, y envasado en pequeños frascos, el precio del kilo llega a 104 a 430 dólares.

Sin embargo, los investigadores coinciden en que la solución no radica en detener la explotación del incienso, sino en hacer que su producción sea sostenible.

DeCarlo insiste en que, por un lado, la extracción de resina silvestre debe ser regulada más estrictamente, y añade que algunos fabricantes ya están haciendo mayores esfuerzos para evaluar mejor las cadenas de suministro y comprar incienso sostenible.

La ecóloga opina que, a través de la creación de plantaciones, se podría saturar la alta demanda y aliviar la presión sobre los árboles silvestres, y acota que, aunque ya existen algunas, los árboles tardan muchos años en crecer.

Para DeCarlo, los recolectores deben obtener mayor beneficio de este auge del incienso: en lugar de exportar solo la resina en bruto, la fabricación de productos de incienso debería tener lugar en los países de origen de la materia prima.

Por Gioia Forster y Mohamed Odowa (dpa)