John McCain: Un héroe de guerra lleno de contradicciones


Washington, 25 ago (dpa) – John McCain, el senador por Arizona de 80 años, era una de las figuras más destacadas de la política estadounidense y uno de los republicanos más importantes. Este veterano de la guerra de Vietnam tuvo que enfrentarse el último año a una dura lucha, la de un cáncer terminal que lo llevó finalmente hoy a la muerte.

Para muchos McCain era el ejemplo ideal del inconformismo, de la franqueza y de las exhortaciones inteligentes más allá de la política partidista. Pero la descripción de su personalidad no es tan simple.

En julio del año pasado fue intervenido para retirarle un coágulo sobre el ojo izquierdo y se le detectó un tumor cerebral, un glioblastoma. Se trataba de un tumor incurable, por lo que la única opción era retrasar lo inevitable.

Sólo la noticia de que estaba enfermo desató de inmediato una oleada de simpatía y compasión hacia McCain, lo que puso de manifiesto el aprecio que sienten los estadounidenses hacia una figura como él: un héroe de guerra inquebrantable que ya había logrado sobreponerse a un cáncer de piel en el año 2000.

La vida de John Sidney McCain cambió cuando en 1967 el caza que pilotaba fue derribado en Vietnam. Se rompió las dos piernas y un brazo. Pasó cinco años y medio como prisionero de guerra en Hanoi, sufriendo torturas e incomunicado. McCain se negó a ser liberado antes de tiempo, puesto que había compañeros suyos que llevaban más que él en prisión, por lo que se convirtió en un héroe nacional.

Antes de eso, nada hacía pensar que el hijo de un oficial de la Armada estadounidense y de una humilde mujer de Oklahoma, nacido en el Canal de Panamá en 1936, iba a llegar tan lejos. En sus épocas de estudiante, McCain destacó en los deportes, pero no en los libros: en la Academia Naval de Annapolis se graduó con el número 894 de 899 cadetes.

Pero de Vietnam volvió transformado y, con un breve paso por el Senado como contacto de la Armada, encontró su lugar. Cuatro años más tarde ya era congresista por el distrito en el que residía en Phoenix, y seis después ya era uno de los dos senadores por Arizona.

Desde su llegada al Capitolio quedó claro su carácter obstinado e incluso difícil. Son famosos sus enfados y sus enemistades. «No soporto a McCain», llegó a decir el ex senador de Nevada Harry Reid.

Muchos otros, sin embargo, apreciaban su apertura para hablar y negociar con cualquiera. «John es mi amigo. Y realmente digo lo que quiero decir», aseguró en varias ocasiones el ex vicepresidente demócrata Joe Biden.

Pero lo que lo hacía diferente era su carácter independiente. A él mismo le gustaba definirse como un «llanero solitario» por su extraña capacidad para no estar de acuerdo ni con los republicanos ni con los
demócratas.

Apenas dos semanas después de ser diagnosticado, McCain atravesó medio país para participar en una importante votación en el Senado. Se trataba de la mayor promesa de su partido: acabar con el seguro de salud conocido como «Obamacare».

Sus compañeros lo recibieron de pie, mientras el republicano hacía su entrada dramática con una larga cicatriz sobre el ojo. McCain abrió el camino hacia una nueva legislación, pero votó junto a otros siete compañeros de partido en contra de la derogación de la ley sin que hubiera una alternativa.

McCain fue el candidato republicano a la Presidencia en 2008, pero el político -orientado a la derecha dentro de su partido-, fue derrotado por Barack Obama. Había elegido como vicepresidenta a Sarah Palin, la gobernadora de Alaska considerada por muchos como poco brillante. Tras las elecciones se volvió a dedicar a su trabajo como congresista.

La huella de McCain en el Senado desde 1986 es poderosa. Gozaba de numerosas condecoraciones, era un experto en seguridad reconocido internacionalmente y fue un manifiesto opositor de la política exterior de Obama. Aunque no se lo puso nada fácil a sus compañeros republicanos y votó a favor de una reforma de la legislación de inmigración.

Sin embargo, en los momentos decisivos siempre fue leal a las principales líneas del partido: el derecho de tenencia de armas, el aborto y la pena de muerte.

McCain fue, en los últimos meses, uno de los pocos que criticó abiertamente a Trump, a menudo de forma mordaz, a veces casi encolerizado. Sin embargo, a la hora de la verdad, permaneció casi en el 90 por ciento de los casos en la línea de Trump.

McCain era atractivo para los medios, porque hablaba sin tapujos y porque estaba dispuesto a exponer suficientemente la complejidad política en un momento en el que se tendía al simplismo. Pero en las comparecencias de los últimos meses, en ocasiones, dio la sensación de que estaba confundido y de que se perdía nervioso entre la cascada de preguntas.

Tras participar en la votación del «Obamacare», expresó su deseo de concentrarse en la lucha contra el cáncer, con la intención de «volver» más tarde.

La ansiada vuelta nunca se concretó y hoy John Sidney McCain dejó tras de sí a siete hijos de dos matrimonios, un gran hueco y un legado político ambiguo.

Por Martin Bialecki (dpa)