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Análisis y claves

De Stettin a Jerusalén: Una superviviente del Holocausto de 103 años

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Jerusalén, 27 ene (dpa) – Sobre su mesa de luz, Eva Mendel tiene una foto en blanco y negro de la casa en la que nació en la entonces ciudad alemana de Stettin, ahora Szczecin en Polonia, que conserva como un tesoro. La alemana-israelí de 103 años no volvió a su ciudad natal desde que escapó de los nazis en 1934.

La foto muestra a Eva y a sus dos hermanos parados en el balcón de una casa señorial. Aún recuerda la dirección: Drei Eichen 2a.

Mendel logró escapar a tiempo, mientras que otros integrantes de su familia murieron durante el nazismo en Alemania.

Según un estudio publicado por la Oficina Central de Estadísticas israelí en el marco de las conmemoraciones por el Día Internacional de la Memoria del Holocausto el 27 de enero, a finales de 2017 vivían en Israel 212.300 sobrevivientes del genocidio nazi.

Mendel pasa su vejez en una residencia de ancianos en Jerusalén. “Aún siento mis raíces alemanas”, dice con una sonrisa y agrega: “Pero ya estoy aquí desde 1934”.

La anciana nació bajo el nombre Eva Dorothea Cohn el 15 de enero de 1916, año en que se libraba una de las peores batallas de la historia en Verdún, Francia, en plena Primera Guerra Mundial. Su padre, el abogado Martin Cohn luchó para Alemania contra Francia y murió en combate cuando Eva solo tenía dos años.

“Teniente y comandante de la compañía, portador de la Cruz de Hierro de segunda y de primera clase”, se lee en un obituario del 15 de junio de 1918. “Cayó en Francia luchando por Alemania”, dice Mendel, mientras muestra una foto de su padre en uniforme sobre un caballo. El álbum de fotos fue un regalo de su familia al cumplir los 100 años.

En Stettin, ciudad ubicada a orillas del río Oder, vivían en 1932 cerca de 2.600 judíos. Ocho años después había aún 2.300, según un censo de la comunidad judía.

Fue una “migración muy lenta”, señala el historiador germano-israelí Moshe Zimmermann. En ese momento, Stettin era parte del Reich alemán y los judíos que vivían allí no se diferenciaban de otros judíos alemanes.

“No había ninguna duda sobre el carácter alemán de Stettin en ese momento”, apunta el profesor emérito de la Universidad Hebrea. Sólo después de 1945, cuando pasó a manos polacas bajo el nombre de Szczecin se expulsó a los alemanes.

“En la escuela de niñas había sólo unas pocas judías, además de mi hermana y de mí”, señala Mendel y recuerda algunos hechos antisemitas por parte de sus compañeras. “En el invierno entré en el aula y las ventanas estaban empañadas y habían dibujado esvásticas allí”.

Al comienzo del décimo segundo año escolar, con 17 años, a Mendel se le informa por escrito que ya no puede asistir a clase debido a su origen judío.

Decide huir y llega en 1934 a la entonces aún inhóspita Palestina con la ayuda del movimiento Aliat Hanoar. La organización judía fundada en Berlín intenta salvar de los nazis a gran cantidad de niños y jóvenes. Mendel aprende hebreo en el kibutz A Harod y luego recibe una formación como enfermera de niños recién nacidos.

En 1933, en el año de la toma de poder de los nazis, viven en Alemania unos 525.000 judíos. Al comienzo de la guerra en 1939 hay alrededor de 200.000.

En 1940, Stettin fue la primera ciudad alemana que expulsó judíos, según el historiador Zimmermann. Unos 1.500 fueron deportados a campos en Polonia.

Su madre también emigró a Palestina, pese a que su segundo marido se quedó en Stettin, cuenta Mendel. “Era abogado y ayudaba a otros judíos en asuntos financieros. Decía que aún no podía irse porque el capitán es el último en abandonar el barco”. Luego fue arrestado por los nazis y enviado a Polonia. “Allí fue asesinado a tiros en el bosque”.

La anciana cuenta que conoció a su futuro marido Robert Mendel en 1941 en una fiesta en Jerusalén. El hombre nacido en Hamburgo le llevaba nueve años. Su padre, el ministro regional Max Mendel, su madre Ida y una abuela fueron deportados en 1942 y murieron en el campo de concentración de Theresienstadt.

Eva y Robert tuvieron dos hijos, Joram y Amos, y mantuvieron el alemán hasta que los niños empezaron la escuela.

Según su nieta Iris Mendel, la abuela logró mantener algunas costumbres típicamente alemanas: “A ella siempre le ha gustado caminar y es extremadamente disciplinada”. Además es una gran amante de los perros.

Mendel se jubiló en 1976, con 60 años. Su marido murió diez años después. “Mis hermanos tampoco vivieron tanto. Yo hice mucho deporte, trabajé y me alimenté bien”, asegura.

A Alemania sólo regresó una vez en 1992, para una visita a Hamburgo. Pero sólo un nieto conoció su casa natal en Stettin. “Yo no regresé nunca más”.

Por Sara Lemel (dpa)

 

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