Cómo puede la inteligencia artificial cambiar la ayuda humanitaria

Ginebra, 14 may (dpa) – El terror y el hambre acompañan a los niños desde hace días, y cuando llegan a su destino unos extraños se acercan con una cinta métrica y los agarran del brazo: para los pequeños refugiados el primer encuentro con los equipos de ayuda puede ser traumático, pero en las zonas de crisis la medida del brazo es vital para saber cuán desnutrido está un niño y qué ayuda necesita.

Una conferencia que comienza este martes y dura hasta el jueves en Ginebra buscará intercambiar ideas de inventores y expertos sobre cómo la inteligencia artificial podría evitar por ejemplo que los niños pasen por esta experiencia y a la vez permitir una medición mucho más rápida y exacta.

El nombre del encuentro es “Inteligencia artificial para el bien” (“AI for Good”, en inglés). La empresa Kimetrica presenta un programa que desarrolló en Kenia y que permite calcular la desnutrición entre los niños de cinco años mediante fotos con ayuda de software de reconocimiento facial. “Ya fue probado con éxito con adultos, ahora estamos alimentando el modelo con mediciones corporales de Kenia y fotos para entrenarlo correctamente”, señala la directora de Kimetrica en el país, Anita Shah.

La sección de innovación de la organización de la ONU para la infancia, Unicef, apoya el proyecto. A la vez se está probando en Irak si imágenes de satélite pueden brindar información sobre el grado de pobreza en una zona aislada. Los programas informáticos pueden analizar por ejemplo cuánta gente tiene luz eléctrica, de qué material son los tejados o si hay ganado en una casa.

Otro campo de análisis es la posibilidad de que a través del uso de celulares se puedan sacar conclusiones sobre pobreza o sequía. Por ejemplo cuán a menudo se recargan las tarjetas, cuándo hay más SMS o llamadas, si va variando de pueblo en pueblo, cuánto duran las conversaciones y cuán grande es la red de contactos.

“Lo mejor de la inteligencia artificial es que no hace falta decirle a la máquina exactamente lo que tiene que analizar”, dice Naroa Zurutuza, analista de datos en Unicef. Si es alimentado con suficientes datos, el programa encuentra relaciones por sí mismo. Zurutuza subraya que únicamente se usan datos anónimos para proteger la privacidad en todos los casos.

“Innovación con mucha fuerza de empuje”, lo resume Maurizio Vecchione, director del “Global Goods Fund”, financiado por el fundador de Microsoft, Bill Gates. Su objetivo es encontrar soluciones tecnológicas para los más pobres, sobre todo en el sector médico.

“En los países en desarrollo faltan médicos y especialistas. Nos hemos preguntado: ¿Se pueden desarrollar equipos que sustituyan a especialistas?”, dice Vecchione, y su respuesta es “sí”. Una computadora podría analizar los datos introducidos y llegar a un diagnóstico que es tan preciso como el de un especialista.

Ya hay ecógrafos que se pueden conectar a un teléfono móvil. Con datos vitales como pulso, temperatura y fotos un programa permitiría que un enfermero con una formación muy básica fuera capaz de ofrecer un diagnóstico y un tratamiento en la mayoría de los casos.

En Global Fund están convencidos de que estos programas revolucionarán el servicio de salud en los países más pobres, y probablemente también en los ricos. En las naciones en desarrollo las licencias son gratuitas, en las otras se pide el pago de un canon. Por supuesto, esto implica que en los países con menos recursos hay que establecer redes de electricidad y de telefonía móvil, subraya Vecchione.

De todos modos no es una tarea sencilla, ya que hay que desarrollar de manera muy precisa las informaciones básicas para enseñar a las computadoras a sacar conclusiones de los datos disponibles. Y a veces no son suficientes los datos, dice Zurutuza.

Pero “la inteligencia artificial ofrece posibilidades desconocidas para erradicar el hambre y la pobreza y parar la destrucción de la naturaleza”, dice Chaesub Lee, director de estandarización en la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), que organiza la conferencia.

Por Christiane Oelrich (dpa)

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