Sochi (Rusia), 24 feb (dpa) – Vladimir Putin paseó por el parque olímpico extrañamente relajado: chocaba las manos a los voluntarios, bebía licor en la casa de Austria y celebraba también con los estadounidenses. La organización de los Juegos de Sochi careció de fisuras, los edificios eran suntuosos y futuristas y las villas olímpicas sólo recibieron elogios de los atletas, pero la realidad rusa quedó encerrada en un cajón durante 17 días.
«Todos están encantados, hables con quien hables. Para mí lo más importante es lo que los atletas piensen de estos Juegos. Pasé cuatro noches en las diferentes villas olímpicas hablando con ellos, desayunando con ellos y tengo que decir que no hubo ninguna queja en los atletas», dijo el presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), el alemán Thomas Bach.
Los brillantes Juegos de Sochi, con el COI y el Comité Organizador al frente, estuvieron bajo enorme presión para justificar el delito medioambiental, la violación de los derechos humanos o la obsesión por la seguridad. Y cada vez que en las ruedas de prensa surgía algún tema espinoso -como la detención de las Pussy Riot o los derechos homosexuales-, las respuestas eran las mismas.
«Tenemos la palabra de Rusia de que se respetará la Carta Olímpica», dijo el portavoz del COI Mark Adams en incontables ocasiones en la sala de conferencias Pushkin, donde también dejó en claro que las protestas contra Putin no eran contra los Juegos. El COI no quiso escuchar nada de política en Sochi.
«¿Tendríamos que reirnos cuando en Ucrania hay tantas víctimas y sangre? ¡Esto es increíble!», se quejó el entrenador de esquí alpino de Ucrania, Oleg Mazozki, después de que el COI prohibiera a los atletas de su país llevar un crespón en memoria de las decenas de personas que murieron en los enfrentamientos de Kiev.
Sólo una reunión de urgencia pudo disuadir a Mazozki y la esquiadora de slalom Bogdana Mazozka de abandonar Sochi para volver a su país.
Días antes, el ente rector del olimpismo tampoco permitió a cuatro esquiadoras de fondo noruegas honrar al hermano muerto de una de ellas, algo que desató fuertes críticas en la delegación del país nórdico.
Los de Sochi fueron unos Juegos entre bastidores. Los allegados de Putin llevaron a cabo una fiesta olímpica hermética y cerrada a los escenarios para que el deporte fuera el protagonista y no la política. Resultaba casi imposible salir del anillo dispuesto para los Juegos.
«Putin logró una victoria en Sochi», escribió el «Moscow Times» el día del cierre de los Juegos en los que participaron 2.876 atletas de 88 países.
A pesar de la dolorosa derrota del equipo masculino de hockey sobre hielo, el deporte rey del país, en los cuartos de final ante Finlandia, los aficionados rusos se entusiasmaron con sus atletas. Rusia recuperó el primer puesto del medallero 20 años después de subir a lo más alto por última vez, en Lillehammer 1994. Todo ello, gracias a dos nacionalizados: el patinador de origen surcoreano Victor An (tres soros y un bronce) y el snowboarder estadounidense nacionalizado ruso Vic Wild (dos oros).
Putin quería demostrar la capacidad organizativa de Rusia, tanto a sus compatriotas como al resto del mundo. Con un presupuesto récord de 51.000 millones de dólares, el Kremlin y los poderosos empresarios aliados hicieron viable un proyecto a gran escala que convirtió un lodazal en un parque olímpico de última generación.
Sochi 2014 dio la vuelta al mundo en las plataformas digitales y obtuvo récords de cuota de pantalla en varios países, pero muchos rusos creen que el verdadero propósito de los Juegos es que los ricos se hagan todavía más ricos.
Los ciudadanos de clase media, en cambio, temen nuevos recortes en unas prestaciones ya de por sí bajas. También hay dudas sobre la sostenibilidad y el uso continuado del parque olímpico, que albergará Grandes Premios de Fórmula 1 hasta 2020 y partidos del Mundial de fútbol de 2018.
«Hemos vivido unos Juegos de récord extraordinarios», señaló no obstante el jefe del Comité Organizador, Dmitri Chernyshenko. También el COI celebró el éxito de los Juegos: «Fueron tremendamente positivos», evaluó Bach tras concluir su primera experiencia olímpica como jefe del olimpismo.
Las 12 nuevas pruebas que se incluyeron tuvieron un buen debut, mientras que las competiciones más espectaculares como el halfpipe, slopestyle o cross fueron ganando público día a día a medida que las protestas políticas y sociales se iban calmando.
«Esas cosas son reales y siguen existiendo. Nosotros no lo vemos aquí porque vivimos en una burbuja. Nos quieren blindar (…) Todo está calmado porque alguien con mucho poder les dijo a todos que se calmaran», señaló en Sochi el snowboarder canadiense Michael Lambert sin nombrar a ese alguien «todopoderoso».
Por Sven Busch
