MADRID (dpa) – Ciudad medieval, de las espadas y armaduras, del mazapán, de los turistas, del Corpus y la Tarasca; un laberinto de edificios de unidad rota por patios escondidos; una arquitectura histórica salpicada de modernismo, una ciudad silenciosa que revela su poesía durante la noche, un entorno bucólico a orillas del Tajo, un punto de encuentro de las tres grandes religiones durante siglos.
Así es el caleidoscopio de Toledo que muestra la exposición «ToledoContemporánea» -que puede visitarse hasta el 14 de junio en la antigua iglesia de San Marcos- a través de la visión de 12 artistas internacionales que fueron invitados a conocer la ciudad española en la primera de las muestras dedicada al Año de El Greco con motivo del cuarto centenario de su muerte y que descubre el contexto último en el que el pintor griego desarrolló su concepto final de arte.
Tras afrontar el reto de mostrar la identidad contemporánea de Venecia durante la última Bienal de la ciudad italiana, la galerista de Ivorypress Elena Ochoa Foster dirigió este proyecto similar que pretende redescubrir ahora la identidad artística, cultural, religiosa y humana de Toledo desde una visión contemporánea, rompiendo la inmovilidad de una de las ciudades más estereotipadas y retratadas de España.
Y para realizar este retrato coral de la ciudad, Ochoa eligió a 12 artistas que utilizaban la fotografía o el video como instrumento, pero que van más allá de ser meramente fotógrafos. «Los artistas tenían que proceder de las culturas que han creado Toledo: tenía que haber judíos, árabes y cristianos, jóvenes y mayores, talentos establecidos y emergentes», explica la comisaria.
Una muestra en la que El Greco (1541-1614) está y no está al mismo tiempo. En la que sin exponerse ni una sola de sus obras, está en todas, porque se palpa su esencia y su legado, afirma la comisaria. «Los artistas trabajaron sin ningún tipo de guía, para que fueran ellos mismos quienes descubrieran la ciudad. Era su opción si descubrían o no al Greco en el camino, pero la mayoría regresaron a él como punto de referencia», explicó Ochoa al presentar la muestra.
Las experiencias de los artistas en la ciudad fueron tan diversas como distintos son los resultados de estos retratos personalísimos. Sólo unas horas pasó allí el estadounidense Philip-Lorca diCorcia para retratar en ocho polaroids una ciudad evaporándose en una capa de nubes que coloca en forma de cruz coronada por la cabeza de San Juan Bautista en una bandeja de plata, en un ejercicio de abstracción máxima. El resultado es la obra más pequeña de la exposición, pero ocupa una capilla entera. «Porque condensa la tragedia y la historia religiosa de una parte de Toledo», explica Ochoa.
Semanas necesitó sin embargo el fotógrafo argentino Marcos Lopez para buscar su particular visión de Toledo, tras días vagando por las calles atestadas de turistas ávidos de fotos en los que sufrió verdaderos ataques de pánico y angustia que lo llevaron a pertrecharse en la habitación de su hotel. Y precisamente desde ese espacio íntimo, desde su cama o su bañera, es desde donde realiza un retrato sardónico de Toledo, jugando a ser un templario en un lugar lleno de invasores. El Toledo, también real, de la espada, el turismo o el mazapán.
El italiano Massimo Vitali elige el Toledo de la tradición, retratando su Corpus Christi o el desfile de la Tarasca, esa especie de dragón con la imagen de Ana Bolena a cuestas a cuyo paso los habitantes lanzan abucheos en recuerdo de la mujer por la que el rey Enrique VIII dejó a su esposa española, Catalina de Aragón.
Un retrato más personal buscaba la francesa Flore-aël, conocida por sus fotografías de personajes marginados que en esta ocasión renunció al underground para decantarse por fotografiar las expresiones de las personas que salen de la catedral toledana, iluminadas por una luz casi divina y entre las que destaca un retrato coral de seis metros de largo.
Un Toledo deshabitado, nocturno, silencioso, poético es la propuesta del suizo Matthieu Gafsou. «Porque la noche poetiza, sofoca y desnuda en la ciudad (…) porque es en la noche cuando es hermoso creer en la luz». También la japonesa Rinko Kawauchi busca un Toledo diferente y elige un retrato bucólico de la naturaleza y el agua, el Toledo junto al río Tajo. El laberinto toledano desde el aire es la propuesta del estadounidense David Maisel, que sólo visitó la ciudad desde un helicóptero.
Otras originales visiones son las del cubano Abelardo Morell, que fotografía la imagen de los edificios proyectada en el suelo desde un periscopio que dan como resultado retratos fragmentados que parecen pinturas; las fotos que también son pinturas del brasileño Vik Muñiz o la espectacular instantánea del español Dionisio González, que contrasta el Toledo tradicional con su arquitectura moderna.
Pero quizá donde más se encuentra a El Greco es en las propuestas del madrileño José Manuel Ballester, que fotografía cuadros del artista y los vacía de personajes con photoshop para así hacer aparecer la ciudad. Así, pasa al primer plano un Toledo deshabitado, poético y religioso contenido en El Greco como fondo. O alarga los pilares de la catedral de la misma manera que El Greco alargaba sus figuras.
Así, en la total oscuridad de la antigua iglesia reconvertida en espacio de exposiciones, se redescubre Toledo a través de la luz que emana de estas imágenes. Un Toledo moderno pero que conserva ese carácter multirreligioso que le dio identidad: por eso las fotografías de la iraní Shirin Neshat se elevan imponentes en una de las capillas mostrando a musulmanes de hoy en día posando al estilo de los personajes de la iconografía cristiana en blanco y negro.
Y por eso se ha cedido el altar a la israelí Michal Rovner, que completa la visión de los 12 artistas con una instalación de 12 x 9 metros que representa el devenir histórico, el drama permanente y esos momentos de oscuridad-luz universales, acompañados de una composición sonora del alemán Heiner Goebbels. Y es esta obra en el altar de una iglesia la que, según Ochoa, condensa la múltiple identidad y «cierra el círculo de Toledo». El Toledo de El Greco. El Toledo de hoy.
Por Raquel Miguel