MANILA (dpa) – Atraidos por el dinero fácil, ropa cara y los últimos dispositivos tecnológicos, cada vez más jóvenes filipinos caen presas de mafias del cibersexo que satisfacen a clientes principalmente fuera del país.
A veces, incluso los padres alientan a sus hijos a posar ante las webcams a cambio de algo de dinero, critican los defensores de los derechos de la infancia. Y es que con casi un 30 por ciento de la población que vive con menos de un dólar al día, la pobreza es uno de los factores clave que explica por qué los filipinos son fácilmente reclutados por estas redes que operan de forma clandestina en hogares o cibercafés.
El declive de los valores y estándares morales, sumado al materialismo, el turismo sexual y la presión grupal son otros condicionantes detrás del creciente número de operaciones de cibersexo en Filipinas, señalan los activistas implicados en la lucha contra este tipo de explotación.
“Los reclutadores buscan a sus presas en familias muy vulnerables, que pasan hambre, y a través de historias falsas y ofertas de dinero acaban consiguiendo que los hijos se pongan ante la webcam», explica el sacerdote Shay Cullen, director de la Fundación Preda, que proporciona ayuda a las víctimas del cibersexo.
Según Cullen, la proliferación del turismo sexual en Filipinas también hace que mujeres y niños se expongan a abusos. «¿Por qué permitimos la expansión del turismo sexual? Estos bares y clubes humillan a mujeres y niños y abren sus puertas a pedófilos y mafias del cibersexo para que se los lleven y hagan con ellos lo que quieran.»
En muchos casos, los niños son reclutados por proxenetas que se los llevan a restaurantes y les compran ropa u otos obsequios, apunta Marlou Alviola, director ejecutivo de la organización Forge, que trabaja con niños víctimas de abusos en la provincia de Cebu.
«Consiguen que los niños confíen en ellos fácilmente por que les dan dinero, comida e incluso smartphones», explica. «Los niños ven que los adultos del negocio tienen cosas que les gustan y acaban idolatrándolos, queriendo ser como ellos.»
Según Alviola, a veces los padres empujan a sus hijos a que participen en este negocio, argumentando que no hay nada malo en posar ante una cámara de video por dinero.
«Hay padres que dicen a sus hijos que no pierden nada, porque no hay contacto físico», cuenta el experto. «Pero el daño a los niños es el mismo, porque ahora tienen una visión distorsionada y piensan que está bien desnudarse ante extraños.» Así, «a largo plazo serán víctimas de abusos.»
En opinión de Alviola, aunque puede que la pobreza sea el motivo por que el que los padres incitan a sus hijos al cibersexo, el deterioro de los valores morales empeora la situación.
«Hay familias pobres que sobreviven rebuscando comida y no permiten que se abuse de sus hijos», señala. «Pero otros padres los empujan a la prostitución porque quieren dinero rápido. Los valores morales desaparecen pcompleto en estas situaciones.»
Aunque la mayoría de «madrigueras» del cibersexo se encuentran en áreas suburbiales, las operaciones comienzan a expandirse también en los barrios con vecinos de ingresos altos. «Es tan fácil. Siempre que tengas conexión a Internet puedes hacerlo», afirma Cullen.
Para Alviola, estas operaciones son ahora más difíciles de detectar, porque los que las gestionan pueden comprar fácilmente un laptop y un módem wifi de bolsillo que funcione con tarjeta prepago, por lo que no es necesario registrarse para la conexión a Internet.
«Algunos focos de cibersexo están gestionados por miembros de familias dentro de su propio hogar, por lo que resulta muy complicado penetrar en estas actividades», explica el experto.
Ante esta situación, el padre Cullen insta a los operadores de Internet a tomar más medidas para proteger a los niños, por ejemplo bloqueando el acceso a las webs de pornografía infantil o impidiendo la transmisión de cibersexo.
«Internet no es un producto seguro para los niños», señala. «De hecho, estos operadores de Internet ayudan y contribuyen al abuso sexual de menores en la pornografía o el cibersexo.»
Según Cullen, la legislación filipina actual permite a los operadores de Internet monitorear las actividades de abusos a menores y bloquear los accesos para impedir la delincuencia online. «Pero eso cuesta dinero, y las empresas no quieren invertir sus beneficios en proteger a los niños.»
Alviola se muestra pesimista y no ve el fin del problema, ante el creciente número de usuarios de Internet y medios sociales. «Este problema no terminará hasta que no protejamos a nuestros niños y hagamos que se cumplan nuestras leyes», vaticina.
Por Girlie Linao
