Tacloban (Filipinas), 14 nov (dpa) – Más de 100 personas se agolpan en una sala angosta, se acuclillan en el suelo, sobre las mesas, sobre una caja de bebidas a la que le han dado la vuelta. El llanto de los niños se confunde con los lamentos de los heridos. Es la clínica en el aeropuerto de Tacloban, en el corazón neurálgico del área damnificada en Filipinas.
El personal sanitario intenta con los métodos primitivos atender las necesidades más imperiosas de la ingente cantidad de pacientes que llega sin parar las 24 horas del día.
Un hombre se encuentra sobre el somier de una cama, sin colchón. Una mujer le sujeta una botella de infusión. Una anciana se sienta en cuclillas sobre una silla de ruedas y se tapa la cara con las manos. Una joven madre con su hijo en el regazo ha conseguido una silla de oficina y levanta los pies para no pisar el suelo. Sobre la mesa en mitad de la sala hay vendas de gasa y un aparato para medir la presión. Los médicos intentan salir adelante sin apenas material.
Jesseli Mogul tiene 16 años y sus hermanos la han llevado allí. Tiene la pierna derecha muy hinchada. Cuando el tifón arrasó su vecindario el pasado viernes, un trozo de uralita de metal le dio en la pierna. La herida se ha infectado considerablemente. La joven llora.
«Tenemos miedo de que le vayan a amputar la pierna», dijo su hermano Jerson. Los médicos tan sólo pueden limpiar básicamente la herida. Desde hace 24 horas sus hermanos intentan conseguir una plaza para Jesseli y que sea traslada a Manila en avión.
La doctora Tsang llegó a Tacloban cuando ni siquiera se habían cumplido las 24 horas del paso del tifón. El edificio del aeropuerto local junto a la torre es el mejor lugar para levantar un hospital de campaña. Las ventanas están rotas y el techo fue arrancado. Con la lluvia el suelo está embarrado.
«Es caótico, pero hacemos lo que podemos e intentamos ayudar», dijo. «Pensamos que íbamos a prestar sólo una primera ayuda antes de que los pacientes fueran trasladados en avión, pero de repente nos hemos visto enfrentados a casos complicados». El lunes la doctora ayudó en un parto.
En el lugar ya no queda espacio para los pacientes. Alguien ha levantado una tienda tras el edificio, donde se agolpan decenas de personas que necesitan ayuda.
Ariane Meg Mengullio (de 18 años) tiene heridas profundas en ambas piernas. Está sentada en una silla de plástico en una esquina, con su mochila y con la mirada perdida en el vacío. Su madre está sentada junto a ella, el padre se ahogó en la marea que el tifón «Haiyan» provocó.
«De repente estalló la puerta de nuestra cocina y un agua negra y helada anegó el lugar», recordó la fatídica mañana de hace casi una semana. «El agua irrumpió rápidamente. Yo saqué a mi padre pero con la inundación nos ahogamos. Mi hermano tiró de mi, pero perdí a mi padre».
«Muchos de nuestros pacientes están como anestesiados», dijo el coordinador médico de la clínica, Marvin De Jesus. «Nosotros no sólo tenemos que preocuparnos de nuestras heridas, sino también cololarlos. Están traumatizados. De repente nos pedían que fuésemos psicólogos».
Entre los pacientes hay también soldados, que están ayudando en la ciudad en las tareas de desesescombre y en la recuperación de cadáveres. Muchos no pueden elaborar solos estos eventos tan traumáticos, dijo De Jesus.
El equipo ha atendido graves heridas en la cabeza, infecciones peligrosas que casi llegan al hueso. Han tenido a diabéticos que ni tienen posibilidad de medirse el azúcar ni acceso a la insulina que tan urgentemente necesitan. «A veces a los pacientes o a los familiares se les agota la paciencia porque necesitan ayuda», dijo la doctora Tsang. «Entendemos sus sentimientos, pero tenemos que establecer prioridades».
En la tienda de al lado hay muchas madres con sus hijos pequeños que tienen fiebre o una diarrea severa. La clínica ha sido cercada por una alambrada, y tras ellas hay más mujeres. Algunos niños vomitan, otros lloran porque tienen dolor de tripa.
La situación en la ciudad es catastrófica. No hay agua limpia, las familias están a la intemperie, rodeadas de un olor pestilente que procede de cadáveres, heces e inmundicia. «También llegan aquí soldados con diarrea», dijo la doctora. «Dan sus provisiones de bebida a aquellos que más lo necesitan y luego beben ellos agua contaminada».
Por John Grafilo