Connect with us

Destacadas

El Museo ilegal de Roma: «Basura y belleza, mierda y maravilla»

Published

on

Grafitis en la pared de una antigua fábrica de jabón ocupada, en el Museo Abusivo Gestito dai Rom (MAGR). Foto: Alvise Armellini/dpa

Roma (dpa) – La entrada a este singular museo se encuentra detrás de los contenedores de basura. Bajo un puente peatonal, un sendero se abre camino entre matorrales de arbustos y basura. Aquí no se paga entrada.

Además, uno debería ser precavido e ir al baño antes de acercarse a este lugar y, preferiblemente, no usar zapatos abiertos ni tacones altos. Este es uno de los pocos lugares en Roma en los que uno no quiere perderse.

La capital italiana cuenta con una inmensa oferta para los entusiastas de la cultura como el Coliseo, la Basílica de San Pedro y los múltiples tesoros artísticos en las numerosas exposiciones. Pero en el barrio de Ostiense, apartado de los típicos recorridos turísticos, bulle el arte callejero entre almacenes industriales abandonados.

En una antigua fábrica de jabón, Stefano Antonelli muestra lo que él llama «arte en un lugar horrible». Sociólogo y galerista, Antonelli, ha organizado varios proyectos de arte callejero en Roma, entre los cuales se encuentra el MAGR, (Museo Abusivo Gestito dai Rom/Museo No Autorizado Gestionado por Gitanos).

En Internet es elogiado como «basura y belleza, mierda y maravilla». Y no se oculta que prácticamente uno está al borde de la ilegalidad si quiere ver la obra del artista francés Julien Malland, más conocido como Seth, pues en realidad el lugar ha sido tomado por un grupo de gitanos.

Cuando se accede a la destartalada fábrica, se aprende más sobre la realidad que sobre el arte. En un patio interior, una familia de gitanos ha construido una vivienda precaria con techos de hojalata, viejos marcos de ventanas y restos de otras construcciones. Allí viven Tito y una veintena de sus parientes.

Si esta antigua fábrica es vista como un museo, Tito sería su director.

Este hombre, que viste una ancha camisa a cuadros y lleva gorra, es de pocas palabras, pero con el curador Antonelli, guía al personal entre colchones húmedos, montañas de basura con muñecas, carros de la compra, muebles, botellas de cerveza y huesos de animales. El suelo está lleno de heces humanas, no hay servicios y el lugar apesta.

No sólo hay que prestar atención dónde se pisa, sino también dónde se mira: las obras de Seth parecen destellos de esperanza. Las 20 obras sobre las paredes, en parte coloridas y en parte lúgubres, tratan temas como el «Brexit», la crisis migratoria europea o el narcisismo. La representación de niños es casi como una marca registrada de Seth.

Antonelli dice que utilizó las ganancias de una exposición de Banksy para financiar la obra de Seth de dos meses de duración en 2016 en el MAGR.

Un político del partido ultraderechista Fratelli d’Italia quiso utilizar el acrónimo para crear un ambiente en contra del proyecto. Pero Antonelli se hizo con los derechos del nombre del museo.

Titto, el «director del museo», durmió durante mucho tiempo cerca de un grafiti con una figura de Pinocho con capucha. Se trata de su foto favorita, según sus palabras. Junto al grafiti se pueden ver restos de la frase «El arte cambiará el mundo». Un incendio destruyó la mitad de la inscripción.

Normalmente el objetivo es conservar el arte para la eternidad y precisamente en una ciudad como Roma resulta obvio que así sea, dice Antonelli. Pero en la antigua fábrica, el arte parece condenado a la fugacidad. Los colores se han desvanecido, la naturaleza se va adueñando del lugar y la gente hace el resto.

Antonelli no sólo quiere cuestionar los conceptos existentes de arte y museo, sino que ve su proyecto como un acto de «desobediencia civil». Las autoridades lo toleraron inicialmente, y el MAGR atrajo a visitantes de altura como destacados políticos, entre otros.

«Pero ahora el clima político ha cambiado», asegura Antonelli, refiriéndose al rumbo emprendido por el Gobierno populista en Roma y en particular a la política de «orden público» del ministro del Interior ultraderechista, Matteo Salvini.

A principios de año se denunció a Antonelli, entre otros, por permitir que Tito vendiera un catálogo del MAGR. Hace poco la policía acudió de nuevo a la fábrica para ahuyentar a sus moradores diciendo que estaban viviendo allí ilegalmente. «Ellos sólo hacen su trabajo y nosotros hacemos el nuestro», señala Tito, sonando casi comprensivo.

Él y su familia han regresado a la fábrica. Y el arte permanece.

Por Lena Klimkeit y Alvise Armellini (dpa)

 

Advertisement

LO MÁS VISTO